Carlos tenía 16 años allá por 1985 y era uno de los “cachorros” de Sandino cuando combatían a los “contra” (fuerza paramilitar, compuesta principalmente por miembros de la guardia nacional del derrocado dictador Anastacio Somoza Debayle, apoyada por Estados Unidos)

En las operaciones llamadas “Danto” los cachorros entraban a territorio hondureño (donde los contras se refugiaban luego de ataques  en territorio fronterizo Nicaragüense) con el fin de desestabilizar la revolución.

Cuando esto ocurría, el ejército hondureño en el cual estaba Roberto con sus 17  años, entraba en acción repeliendo la invasión de los nicaragüenses.

Es posible que Carlos y Roberto, enemigos a muerte, se hayan cruzado alguna bala. Pero el destino quiso que no tuvieran buena puntería.

Años pasaron, amores llegaron y Carlos se casó con una muchacha.

Y entre todas las muchachas, el destino para completar su labor comenzada en época de guerra, eligió a una prima de Roberto para enamorar a Carlos.

Y así se conocieron, se encontraron, y se hermanaron, no se sabe si por horrores compartidos o amores surgidos.

Los conocí en San Lorenzo, Honduras, cervezas de por medio, lugar donde el destino me llevo para mostrarme, que hizo amigar lo que la guerra mando odiar.

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