Caminábamos en la noche por una calle adoquinada en el norte de Nicaragua, frontera con Honduras. Nos acompañaba Nathalie, de origen canadiense, que trabajaba ahí en temas de género.

Conversando nos contó una experiencia que le tocó vivir un tiempo atrás en Managua, cuando se tomó un taxi y tuvo que aguantar durante todo el recorrido al taxista masturbándose, mientras la miraba y le decía cosas…

Automáticamente, suelto una carcajada. Pero para mi sorpresa ni a ella ni a Mariana pareció divertirles la anécdota. Sus caras serias me lo comunicaban claramente.

Pido disculpas, aunque todavía sin entender bien por qué. Nathalie dice que no hay problema y que está acostumbrada a que cada vez que le cuenta lo mismo a un hombre, tiene la misma reacción que tuve. Luego me explica que esta experiencia fue muy desagradable, una amenaza a su integridad, un temor por su intimidad.

Se me desdibujó de golpe el resquicio de sonrisa que aún insistía en mantenerse, alentada por años de chistes patriarcales, siempre festejados, nunca interpelados.
Recién ahora, se había ido la gracia que creía implícita en estas cuestiones (y no creo vuelva cuando la llamen motivos similares).

Será necesario dejar morir de sed, las raíces viejas del árbol rancio de machismos injertados y abonados con cotidianos estímulos e indiferencias. Ya es hora de regar con conciencias más conscientes las semillas del mañana, para que juntos en igualdad, podamos legar frutos más dulces a quienes vendrán. Cada día se presenta una nueva oportunidad, está en juego nuestra dignidad.

Somoto, Nicaragua, noviembre 2014.

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