20 de diciembre de 2014 – (El Salvador)

Ubicación mapa: punto 55

Como San Salvador quedaba muy cerca de Santa Tecla, seguimos en la casa de Fernando y su familia por unos días más.

Ah importante no confundir San Salvador, capital de El Salvador con Salvador de Bahía, Brasil. Si, eso no es broma! Pues llegando acá supimos de una pareja australiana que tenía como destino el Mundial de Futbol en Brasil, pero su agencia de viaje se equivocó y les compró billetes aéreos para la capital salvadoreña!!

(http://www.lapagina.com.sv/internacionales/96464/2014/06/16/Pareja-de-australianos-que-iba-al-Mundial-termina-en-El-Salvador-por-error)

Era época de fin de año y Fernando se hizo tiempo en sus actividades para llevarnos a conocer varios rinconcitos cerca de la capital.

Fuimos en auto hasta la zona arqueológica de San Andrés que está ubicada en el valle de Zapotitlán a 30 km de la capital. En la entrada del parque el funcionario solo miró adentro del auto y dijo: 1 nacional y 2 extranjeros. Increíble! Intento frustrado de pasar por salvadoreños y pagar un poco menos.

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La zona todavía no está muy explorada ya que para cualquier excavación se necesitan muchas inversiones tanto de recursos materiales como humanos.  Comenzaron en 1940 las primeras investigaciones arqueológicas en la zona, y todavía hay mucho por descubrirse y conocer en este ambiente de 38 hectáreas.

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Pasando por el museo nos deparamos con un patio rodeado de cacao y henequén.  Este último muy utilizado en la confección de ropas, hamacas y utensilios domésticos en buena parte de Mesoamérica.

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El paseo fue cortito pero sirvió para tener idea del mundo de las zonas arqueológicas que íbamos a tener durante el devenir del viaje; el universo maya precolombino estaba empezando a entrar en  nuestras vidas.

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Así como los mayas, los volcanes fueran un descubrimiento por esas tierras poco conocidas por nosotros. Y en San Salvador no iba ser diferente, junto con Fernando, Meli y otras amigas fuimos al Parque Nacional El Boquerón.  Que en verdad es un área protegida en la parte superior del volcán El Salvador a 1800 metros sobre el nivel de mar.

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Era la primera vez que en vez de subir un volcán, íbamos a bajarlo! Eso porque la gran atracción hacia donde nos dirigíamos era un cráter de 5 km de diámetro y 558 metros de profundidad.

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Un hermoso lugar, un paisaje increíble y una extraña sensación, aunque para llegar hasta abajo no habían muchas demarcaciones en el camino.  Por suerte estábamos con Fernando que sabía de memoria el trayecto y llevó cuerdas y aparatos de escalada para la travesía.

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A medida que nos acercábamos el olor azufre poblaba los aires. En poco más de una hora y luego de algunas caídas, estábamos en el centro del cráter.20141213_113732

Allí donde en 1917 después de una gran emisión de cenizas y un terremoto, la laguna que ocupaba este lugar se evaporó.

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Parecía mentira estar ahí, solo nosotros en el centro del volcán, donde cien años atrás brotaba lava incandescente de sus entrañas.

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Pero todavía quedaba el camino de vuelta, la subida por la tierra húmeda y fría nos esperaba.

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En realidad creo que hicimos rápido la caminata por que fuimos pensando en lo que nos aguardaba arriba: un exquisito atol de piñuelas hecho en la hora!

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Esta bebida es elaborada con el fruto del piñal, planta pequeña utilizada como cerca en el campo, con frutos que parecen bolas y se entrega en forma de gajos.

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Un poco más de caminata por el parque  y ya teníamos un destino predeterminado por el hambre tamaño cráter, luego de casi 4 horas de bajadas y subidas: los restaurantes de los locales.

Al principio nos pareció raro como eran ordenadas las comidas. Cada uno iba pidiendo lo que quería y nosotros ni idea lo que era el envuelto en papel aluminio, el verdecito asado, o una pasta negra en una olla. Ah y sin olvidar de un líquido blanco que más parecía una leche, que era la deliciosa horchata que hasta entonces solo había escuchado por la canción de Caetano Veloso: “Horchata de chufa, si us plau” en Vaca Profana.

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Ya a algunos días por la ciudad y todavía no conocíamos el centro de San Salvador, pero sospechábamos lo que nos esperando: un calor tremendo y mucha gente comprando regalos para la Navidad. En el ómnibus miramos un monumento conocido por todos salvadoreños.

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En la primera parada bajamos para ver la Plaza del Salvador del Mundo, donde el monumento fue erigido en honor del Divino Salvador, Santo Patrono de la Ciudad de San Salvador.

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Caminando pocos metros adelante vimos una estatua del Oscar Romero, un sacerdote católico salvadoreño emblema en la lucha por la defensa de los derechos de los más humildes, siguiendo los principios de la filosofía de la liberación.

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En marzo de 80 cuando oficiaba una misa en la capilla del hospital de la Divina Providencia, un disparo impactó su corazón momentos antes de la Sagrada Consagración, sacando su vida a los 62 años.  No sin antes dejar su mensaje: “si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”!

Rolando, padre de Fernando hizo hincapié en llevarnos a esa capilla y a otros lugares simbólicos.

Fue el quiebre que dio inicio a una cruenta guerra civil (1980-1992).

Andar por las calles de San Salvador es sentir que todavía está vivo y no cicatrizado todo lo que su pasado cercano dejó por el país.

El 23 de mayo de 2015 fue beatificado en la Plaza del Salvador del Mundo.

Siguiendo por el centro, de lejos mirábamos un edificio blanco, muy grande. De a poquito aproximándonos en medio a calles llenas de tiendas ambulantes, gente y más gente buscando regalos de Navidad llegamos en la plaza en frente a la catedral Metropolitana de San Salvador.

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Entramos y justo debajo del altar mayor del templo dentro de un mausoleo descansa los restos mortales de Monseñor Romero.

(En nuestra sección de cine pueden encontrar una película que habla de su vida: http://acercandomundos.com/cine-latino/ )

El calor y el ruido eran tanto que cuando miramos al otro lado de la plaza y vimos los letreros de Biblioteca Nacional fue como encontrar agua en el desierto. El sol del medio-día nos invitaba para un descanso y millones de palabras nos aguardaban con su fresca calidez.

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Muchas de ellas eran (son) de Roque Dalton, el poeta guerrillero. Quedamos horas en la biblioteca intentando comprender un poco más de su poesía revolucionaria por varias etapas de su vida en El Salvador, México, Chile, Checoslovaquia y Cuba.

El poema de amor es un clásico y tocante relato de los salvadoreños:

Los que ampliaron el Canal de Panamá
(y fueron clasificados como “silver roll” y no como “gold roll”),
los que repararon la flota del Pacífico
en las bases de California,
los que se pudrieron en la cárceles de Guatemala,
México, Honduras, Nicaragua,
por ladrones, por contrabandistas, por estafadores,
por hambrientos,
los siempre sospechosos de todo
(“me permito remitirle al interfecto
por esquinero sospechoso
y con el agravante de ser salvadoreño”),
las que llenaron los bares y los burdeles
de todos los puertos y las capitales de la zona
(“La gruta azul”, “El Calzoncito”, “Happyland”),
los sembradores de maíz en plena selva extranjera,
los reyes de la página roja,
los que nunca sabe nadie de dónde son,
los mejores artesanos del mundo,
los que fueron cosidos a balazos al cruzar la frontera,
los que murieron de paludismo
o de las picadas del escorpión o de la barba amarilla
en el infierno de las bananeras,
los que lloraran borrachos por el himno nacional
bajo el ciclón del Pacífico o la nieve del norte,
los arrimados, los mendigos, los marihuaneros,
los guanacos hijos de la gran puta,
los que apenitas pudieron regresar,
los que tuvieron un poco más de suerte,
los eternos indocumentados,
los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo,
los primeros en sacar el cuchillo,
los tristes más tristes del mundo,
mis compatriotas,
mis hermanos.

Después de un día lleno, cansados regresamos a casa de Fernando y familia que nos invitaron con una sopa de pito. Parte de gastronomía salvadoreña, los pitos son las flores de un árbol que lleva el mismo nombre y tiene como característica inducir al sueño en los 30 minutos posteriores a su consumo por tener noeurotoxinas. Al rato estábamos nocauteados!!

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Después también conocimos una expresión salvadoreña: “Dormime sopa de pito”, usada cuando algo nos aburre o nos da sueño por ser poco interesante.

Violeta trabaja en el Museo de Arte de El Salvador (MARTE) y al otro día fuimos con ella hasta este rinconcito de sensibilidades salvadoreñas. Antes una parada en el teatro Presidente para conocer en el corredor principal el colorido mural hecho por los autores salvadoreños Roberto Huezo y Roberto Galicia. Representa diferentes momentos del Popol-Vuh, libro sagrado del pueblo Maya-Quiché.

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El MARTE, entre sus muchas actividades,  procura acercar a sectores vulnerables de la sociedad a sus instalaciones, posibilitando quizás, a crear alguna grieta en el muro que la sociedad les impone, para que algún rayito de sol se cuele junto a la esperanza de otros futuros.

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El Chulón, es mucho más que una referencia urbana. Es un mosaico de piedra de diferentes regiones del país que representa al “nuevo pueblo salvadoreño”y es simbolizada por un hombre desnudo mirando hacia arriba con los brazos levantados. La obra es del artista mexicano Claudio Cevallos y la artista salvadoreña Violeta Bonilla. También es una referencia cósmica energética, donde los cuatro picos del fondo representan cuatro naciones centroamericanas y los cuatro puntos cardinales.

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Adentro del museo escuchamos algunas historias contadas por Violeta, como la de los pieses. Debajo de un cuadro donde habitaba un niño, aparecían pequeñas huellas al día siguiente. El funcionario de la limpieza cotidianamente iba y limpiaba su rastro pero ya sabía que al  otro día estarían de nuevo…

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En la época que fuimos una de las exposiciones era de Licry Bicard, una artista salvadoreña que con temas nostálgicos de la niñez y su etapa de abstracción provoca muchos estilos utilizando el color fuerte de una manera fulgurante.

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Por este detalle de los colores, Violeta tuvo la idea de ofrecer a los visitantes lentes 3D’s para que en esas obras la pintura tomara otra relevancia y causara una sensación diferente de aproximación con la misma.

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Ya hacía como una semana que estábamos en la casa de Violeta y Fernando, pero parecía que hacía años por tanta amabilidad y confianza. Justo estaba llegando  Navidad y pensamos que  iba ser demasiada molestia para ellos quedarnos unos días más, por lo que les comentamos nuestras intenciones de irnos.  Violeta (creo que quedó con pena de nosotros..jaja)  muy gentilmente dijo que  “Navidad no era fecha de estar viajando y si era época de estar con la familia”.  Nosotros con mucho gusto y emoción aceptamos la invitación (y la nueva familia!).

En los días previos estaban todos muy ansiosos por la llegada de Violeta (hija) y la familia de su esposo Tim que venían de los Estados Unidos. Ellos se casaron hace un año y viven en Missouri. Era la primera vez que la familia de Tim visitaba El Salvador y nosotros fuimos junto con Fernando, Violeta y Rolando a recepcionarlos.

En el trayecto al aeropuerto pasamos por un monumento llamado “Hermano Lejano” que fue construido en honor a todos los salvadoreños que viven fuera del país, y que con su trabajo y esfuerzo se han convertido en un pilar de la economía salvadoreña y de decenas de miles de familias. Por ser justo en la carreta que viene desde el aeropuerto, ahora también tiene la frase: Hermano, bienvenido a casa.

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Al llegar al aeropuerto era un mundo de gente: los que quedaban y los que se iban, los que regresaban y los que los esperaban. Todos con mucha emoción, de despedidas y reencuentros, estos últimos eran la mayoría, donde el calor de la tierra natal y el afecto de los “suyos” se unían en un solo abrazo.

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Luego de expectantes minutos Violeta, Tim y su familia llegaron. Después de saludos, besos y presentaciones (y la foto)  rumbearon para la playa El Flor en Los Cobanos. Ubicado a 100 km al occidente de San Salvador, habían alquilado una casa para pasar estas fechas de fiestas.

Nosotros fuimos junto con Fernando acompañándolos, y al pasar por la playa de El Sunzal paramos para tomar un café y disfrutar de la puesta del sol.

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De regreso a la carretera empezaron las llamadas de Violeta para saber por dónde andábamos ya que la idea era ir todos juntos hasta la casa. La doña de la casa no había dado la dirección exacta (imaginamos nosotros por motivo de seguridad). Así que teníamos que seguir las indicaciones: en la carretera de piedra busque por un portón azul, doble a la izquierda y verán un caminito con muchas palmeras. Los minutos pasaban y por momentos parecíamos perdidos, el camino se hacía de tierra, la noche caía pesada, el silencio y la soledad del entorno traían aires de preocupaciones. Ya eran casi las 23hs. Historias escuchadas, siempre con finales poco felices hacían fuerza por aparecer. Después de mucha tensión, el portón azul del alivio surgió a la derecha.

Unos metros más adelante y una piscina espectacular nos daba la bienvenida.

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Charlamos un poco para conocernos. Conversamos con Susan y Brian, Aaron y Lauren, Louise (con Bruce en la panza), Nick y la pequeña Olive que seguro estaban muy cansados después de todo el día en viaje. Luego, era hora de retornar a Santa Tecla.

El otro día era 24 de diciembre, íbamos todos a la casa de Los Cobanos. Conocímos la otra hermana de Fernando que faltaba, Esther y su “hijo” Quino. Juntos con su tía Orfa y su nieto, y su tía Ana llegamos a la casa para pasar la Navidad.

Al ver la casa de día, estábamos todos asombrados de lo tan linda que era, ya que el otro día por la noche no pudimos ver casi nada, la oscuridad había ocultado el imponente mar, y encubierto el maravilloso panorama.

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El almuerzo fue comunitario, cada uno preparaba algo y al final salió un casi buffet, sin faltar los tradicionales tamales salvadoreños de Navidad. Riquísimo! También preparamos los super-dulces para ocasiones especiales: las “yemitas”, receta de la abuela de Quique, y tuvieron mucha aceptación.

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El día fue muy disfrutable, bromas, sonrisas, y juegos se adueñaron del ambiente.
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En la cena navideña Aaron que trabaja con Religions for Peace y estudia Teología habló lindas palabras de reflexiones y agradecimientos.

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Empezaran los cohetes, era media-noche! Y los salvadoreños ya estaban con las lucecitas en la manos y listo para irnos a las playas soltar los globos de Navidad.

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En la noche nuestra carpita fue una suite presidencial en ese bello lugar, mucho más que 5 estrellas de la casa, teníamos todas las estrellas del cielo para nosotros y una muy feliz Navidad, a pesar de la distancia con nuestras familias, nos sentimos en familia y las lejanías se acercaron.

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Después de 2 semanas con la familia Renderos, ya era hora de partir…con las bicis cargadas de afecto, con la alegría de tener una familia en El Salvador y el aprendizaje de como se debe tratar a los “extraños”.

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