16 de setiembre de 2014 ~

Partimos luego del mediodía, un horario no recomendable para pedalear, pero como no eran más de 20 km no había problema.

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Para variar no sabíamos a dónde íbamos a pasar la noche. El camino estaba complicado, muchas piedras y el calor que caía pesado como una culpa. Por suerte, luego de una hora da andar encontramos un rio que corría al lado y sirvió para refrescarse.

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Avanzábamos muy lento. Había pocas casas en el camino. Eran casi las cuatro ya, cuando vimos un sendero que terminaba al fondo de lo que parecía ser una posada. ¿Seguíamos o nos quedábamos? ¿Habría algún lugar para acampar gratis más adelante y nos arriesgamos a que nos alcance la noche por ahí o pagamos por seguridad y “comodidad”? Son una de las tantas decisiones que se dan a diario, dónde juegan muchas variables y que en nuestras vidas antes del viaje ya estaban resueltas, no ocupaban energías.

Decidimos quedarnos, ya el cansancio estaba haciéndose ver.  Por suerte, ya que luego veríamos que el camino que seguía estaba durísimo…

Había lugar para nuestra “tienda campaña” (carpa), teníamos baño (de agua fría por supuesto) y pipas (cocos) a voluntad, todo por 2.500 colones (usd 5 aprox) por día.

Allí conocimos a Marvin, el dueño de la posada, promovedor sincero del turismo rural como le llama. Más que en el cliente, se interesa en la persona, en que aprendamos y probemos las frutas del lugar, conozcamos las historias de los que allí viven.

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Una de los disfrutes fue poder tomar y comer todas las “pipas” que quisiéramos, ya que allí había muchos Cocoteros. Pero antes tuvimos una clase de como abrirlo. El coco tiene una parte más puntiaguda, y es por ahí que hay que cortar con el facón ya que está más cerca el agua de ese lado.

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Luego de cortada una tapa, su dulce agua está lista para ingresar a nosotros. Pero no termina por ahí. Después de que acabe el agua, hay que abrirlo por la mitad y comer la parte de adentro. Si es verde el coco, puede ser una capita delgada blancuzca, cuando está a punto es una crema espesa, dulce, deliciosa. Pero si está seco, hay que aprontar los dientes.

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El primer día, luego de instalados, fuimos a caminar y nos encontramos con con un río que por allí pasaba.

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Al otro día fuimos a al Parque Nacional Tenorio, donde se encuentra la famosa catarata del rio celeste, hervideros, aguas termales, senderos naturales y los “teñideros”, sitio de conjunción de dos ríos dónde el agua toma el color celeste.

Salimos en bici, como de paseo y rápidamente el disfrute  se transformó en sufrimiento. Ambos los dos, disfrute y sufrimiento, muchas veces andan juntos en esto de la bici, pero  esta vez estaban divorciados. Subidas de tierra, polvo y piedras empinadísimas, interminables, en las cuales obviamente teníamos que caminarlas con las bicis al lado pero aun así, costaba muchísimo. Y no era una, luego de un respiro venían otras y así fue hasta que en unas dos horas que perecieron eternas pudimos llegar. El problema no fue tanto la dificultad del terreno, sino la sorpresa de la misma. O mejor dicho, no haber escuchado a Marvin cuando nos dijo  “yo no subiría en bici eso”.

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Estando allí, había dos opciones. Una la autorizada para los turistas, con guías y caminos marcados a 10 usd la entrada por cada uno. La otra gratis, sin guía y con la advertencia del personal del lugar que no se hacían responsables si pasaba algo. Elegimos la segunda opción y si se complicaba, daríamos vuelta.

Por las dudas, conseguí unas botas de hule (goma), ya que fuimos alertados que podrían aparecer culebras venenosas en el sendero y yo andaba de chinelitas.

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Comenzamos a caminar por el bosque. El verde nos rodeaba, el aire húmedo y pesado nos abrazaba.

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Y subíamos y caminábamos y nada. Nos habían dicho que en una hora debíamos llegar al río pero iban casi dos y nada de señales. Conclusión, le erramos de trilla.

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Seguimos y al rato nos topamos con lo que parecía un sendero. A los minutos comenzamos a sentir un murmullo de agua, que luego se hizo ruido, hasta que en un momento se transformó en imagen.

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Increíble, parecía un cuadro! Tuvimos que bajar, ver y tocar para creer. Un placer para la vista, un disfrute para el cuerpo, un agradecimiento por la belleza.

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Las aguas son celestes como resultado de un efecto óptico producido por la dispersión de la luz solar debido a la alta concentración de silicatos de aluminio que poseen sus aguas, formando así un espectáculo deslumbrante.

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Pero Marvin nos contó que las aguas del río Celeste tienen ese color porque, cuando Dios terminó de pintar el cielo, lavó los pinceles en el agua.

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Los teñideros

Luego de un rato allí, era el momento de volver, pero cuando estábamos llegando, comenzó una tormenta torrencial y no nos quedó otra que esperar que pase. Había un restaurante que nos llamaba y terminamos gastando la plata de la entrada en comida, pero la valió.

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Ya devuelta a nuestro refugió, era momento de los placeres cotidianos, baño, comida, y carpa.

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A los  que le agregamos agua de coco, ya que fueron tres días de canilla libre de la misma. En promedio comíamos unos cuatro por día cada uno.

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Ya cuando dejamos el lugar al día siguiente, no queríamos encontrarnos con ningún coquito por un buen tiempo.

Justo en la posada encontramos algo que hacía tiempo que estábamos buscando: un asta para poner nuestras banderitas!! (que dicho sea de paso, las pedimos en un restaurante de Fortuna donde estaban acompañadas por muchas otras, últimos vestigios del pasado mundial, las rescatamos para que nos acompañen).

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Nos despedimos de Marvin y a continuar andando

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Enseguida en el primer viaje con las banderitas,  doblando la esquina en busca de comida para el camino una muchacha se emociona con la de Brasil. Y empieza a decir que le encanta la cultura, que estudio portugués y que tenía el sueño de viajar para allá, pero sabía que no tenía condiciones por ahora. Quedó tan contenta con nuestra presencia que nos regaló frutas con helado… para nuestra felicidad!!

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Nuestro próximo destino era Upala, una ciudad a 30 km de dónde estábamos,  y que significa “cerca del río” en Nahuatl”. Probamos suerte en los bomberos pero esta vez no la tuvimos. No tenían lugar. Se hizo la noche y seguíamos sin tener a donde dormir. En eso cae terrible tormenta y una vez más, pasados por agua. No estaban dadas las condiciones para buscar algo bueno, bonito y barato, y terminamos en el primer lugar que encontramos, un hotelito cerca de la plaza central.

Después de ahí, teníamos otro largo día hasta La Cruz, eran 93 km, la última ciudad antes de llegar a la frontera con Nicaragua. Sabíamos que era un poco largo el camino y con una parte de tierra, pero no imaginábamos que íbamos agarrar el sol quemante del medio-día justo en las subidas de tierra en un zona inhabitada! En esas horas vienen las preguntas: que estoy haciendo aquí? Porque no pasa una camioneta y nos da un “ride” (carona o aventón)?

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Además nos habían advertido que tuviéramos cuidado en una zona de naranjales, que es muy sola y peligrosa, y nos contaron de algunos casos de robos en dicho lugar. Cuando vimos el primer naranjo, recordamos las recomendaciones y una preocupación nos acompañó el camino. El camino era solitario, no se veían casas por ningún lugar y lo único que nos quedaba era seguir pedaleando. En la bicicleta, no podes cerrar vidrios y acelerar para pasar rápido por zonas complicadas. Para bien (la mayoría de las veces)  y para mal, andas expuesto, en contacto directo con la gente que se encuentra al paso.

Llegando a la ciudad de Santa Cecilia donde re empezaba el asfalto, iba pedaleando el camino un hombre de la región, cargando un gran balde en el caño frontal de su bici. Fuimos conversando y manejando juntos. Se llama Manuel y conocía muy bien el pueblito próximo, tanto que nos llevó a un lugar donde descansamos el cuerpo y matamos al hambre que ya daba señal de vida.

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Después de unos kilómetros en una carretera asfaltada pero sola, llegamos a La Cruz (a 15 km de la frontera con Nicaragua).

Otra vez a probar suerte con los bomberos y como dice el dicho, tanto va el cántaro a la fuente…que al final se consigue lugar para acampar. Baño caliente, fideos en la cocinilla y a dormir, las piernas agradecidas.

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Al otro día, despertamos temprano para cruzar la frontera con Nicaragua, con muchas incógnitas cargadas…

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