La ruta a Puerto Limón, era una larga y plana recta de 60 km, con muchas palmeras al borde del camino y con vista al mar caribe de vez en cuando. Luego de un par de horas de pedal fue necesario hacer una parada. Buscamos una sombra amiga que nos diera tregua del fuerte sol de mediodía. En eso vemos que teníamos palmeras llenas de cocos alrededor e inmediatamente nos pusimos en campaña para conseguir alguno y disfrutar de un agua fresca de coco (“pipa” como le dicen ahí) que en ese momento de calor era como una felicidad líquida.

Pude sacar uno y me sentía un sobreviviente de una isla desierta que se rebuscaba con su comida, pero luego al abrirlo estaba seco y lo único que conseguí fue romper la punta de mi cuchillo al intentar abrir su dura cáscara. Luego Mariana, aprovechando mi error eligió otra palmera que tuviera cocos más verdes y con la ayuda de un palo que uso como escalera y otro como herramienta consiguió arrancar uno y fue el momento de ella agrandarse. Lo abrimos y disfrutamos de casi medio litro de agua fresca y tarea cumplida.

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Para variar se nos hizo tarde y llegamos de nochecita a la ciudad. Mientras entrábamos recordamos algunos avisos de que no era un lugar turístico. Casas enrejadas por todas partes, calles y veredas descuidadas, algo de basura y la gente que nos miraba sin saludar.

Luego fuimos en busca de nuestro anfitrión que nos iba a recibir. Nos estaba esperando con su primo y nos llevó a un lugar dónde hacían jugos de fruta de todo tipo, ideal para reponerse del cansancio y el calor agobiante.

Cultura limonense

Conversando le decimos que nos llamó la atención la forma de pronunciar la “r” como arrastrando que tenían en la costa caribeña de Costa Rica, porque nos parecía estar escuchando a un “gringo” cuando habla español. Nos cuenta orgullosamente que eso viene de la forma de hablar de Jamaica. A mediados del siglo XIX los esclavos antillanos libres se convirtieron en mano de obra barata para la United Fruit que reclutó negros jamaiquinos angloparlantes para las plantaciones de plátanos, creando un enclave de 30.000 afrocaribeños alrededor de Limón. Esto dejó sus huellas hoy en día en la composición de la población (mayoría negra) y su cultura.

En 1913, una plaga del plátano, conocida como “La enfermedad de Panamá” obligó a cerrar muchas de las plantaciones caribeñas y la industria se trasladó a la costa pacífica. En 1934 se llevó a cabo en Limón la mayor protesta que vivó Costa Rica. Los trabajadores negros se rebelaron contra la explotación de la United Fruit y luego de enfrentamientos y muertes lograron una victoria inédita contra dicha compañía en un juicio.  Pero como represalia, a los afrocaribeños se les prohibió trasladarse a zonas del pacífico en busca de mejores oportunidades (los camioneros negros  que dirigían hasta la ciudad de Siquirres a 59 km de Limón, debían entregar el vehículo a una persona blanca y darse media vuelta a Limón). Lo que obligo a dicha comunidad a quedarse en la zona más desfavorecida del país económicamente. Recién en la constitución de 1949  se prohibió la discriminación racial. Esta es solo una muestra explícita de la discriminación y exclusión que sufrió y sufre (según nos contaron algunos limonenses que conversamos) dicha región por parte del Estado costarricense. Lo cual se ve reflejado en ser la zona de mayores tasas de desempleo y violencia del país.

En la comida, usan mucho el coco y su plato tradicional es el rice and beans (arroz con frijoles con salsa Lizano, acompañado de una carne frita con aceite de coco).

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En la música, escuchan mucho el Calypso y de los gratos descubrimientos fue un señor, leyenda de Limón  llamado Mr. Ferguson, un calypsonian (el nombre que se les da a los cantautores de calypso en Limón, el cual tiene como significado “una persona que cuenta chismes, recicla rumores y transmite las noticias mientras resiste positivamente los embastes de los colonialistas en los siglos XIX y XX”). En el idioma hablan el “mekatelyu” (onomatopeya formada a partir de la pronunciación de la frase “May I tell you”) conocida como un inglés criollo o breaking english. Por lo que en muchos momentos en la calle veíamos a los negros hablar y no le entendíamos nada! Unen muchas palabras del inglés inventando nuevas, como por ejemplo: what´s going on = “wawon”  o what happen = “whappen”. Todo tiene ritmo nos dicen, incluso los nombres de las gentes, hay Faylan, Jinan y Dikeynn.

Sentimientos encontrados

Pero si bien nuestro host de couchsurfing nos recibió bien y compartió su casa y familia con nosotros también hubieron  situaciones un tanto incómodas que nos tocó vivir.

Conversando sale el tema de las drogas y nos cuentan que Limón es un punto estratégico de la entrada de las mismas rumbo a USA. Que la marihuana viene de Jamaica, en viajes de duran entre 6 y 7 días en precarias lanchas sin parar un minuto, dónde es común que naufraguen o los agarre la policía. Uno nos dijo que eso es muy arriesgado, que él prefiere “trabajar” por tierra.

Más tarde fuimos a comprar algunas cosas en un súper y mientras estábamos solos en la caja una mujer se le acerca a Mariana y le habla en ingles criollo, enseguida le mira directamente a los ojos y le dice “be careful” (tené cuidado). Eso ya nos dejó pensando, cuidado de qué? De quiénes? Al otro día salimos a dar unas vueltas por el centro en taxi con nuestro anfitrión y de pasada, casi sin darnos cuenta estábamos en una boca de venta de drogas. Un ambiente bastante pesado, entramos en unos callejones estrechos de una zona periférica de Limón,  la gente te miraba fuerte y se sentía en el aire cierta tensión. Paramos en un garaje cuya entrada estaba cubierta completamente con un nylon negro, y en la parte superior tenía abierta una ventanita de 20×10 cm por dónde aparecieron dos ojos algo nerviosos que vigilaba nuestro coche. Se baja del auto, mete la mano en el orificio, deja dinero y se lleva su dosis. En 10 segundos ya estábamos saliendo nuevamente, junto iban desapareciendo nuestros pensamientos de que si por algún motivo se complicaba la cosa, dos extranjeros metidos ahí eran una buena opción para llevarse las culpas.

En otra conversación nos pareció raro una explicación de nuestro anfitrión respecto a porque no tenía ninguna referencia de couchsurfing siendo que lo había usado bastante. Nos comentó que le había dado a un primo el perfil viejo y él se hizo uno nuevo. Como no nos convenció dicha explicación,  estando solos buscamos su otro perfil y lo encontramos con dos referencias negativas! Una por un amigo que se metió con la novia de un couch y otra por usar una tarjeta de crédito (1.600 usd) de otros huéspedes. Quedamos un poco choqueados, revisamos si estaban en el lugar nuestras tarjetas y con el banco si habían sido usadas. Por suerte no pasó nada, pero pasamos la noche y el día siguiente algo preocupados.

Luego de despedirnos e irnos, nos dimos cuenta que por años de experiencias super positivas en couchsurfing nos confiamos demasiado y no cumplimos con un requisito básico al pedir alojamiento, chequear referencias y amistades  a quien le solicitamos. Queda como enseñanza.

Salida tranquila?

Y antes de saber por cual camino ir muchos consejos recibimos de cual ruta seguir para llegar en la capital: por Turrialba o por Zurqui (túnel de 600 mts de largo). Los comentarios fueron variados y contradictorios por lo que al no ser claro cuál camino era más seguro para hacerlo en bici, terminamos decidiendo al azar.

A la mañana siguiente salimos temprano rumbo a San José por la ruta 32, y enseguida vimos que la cosa venia fea. Al ser la salida del puerto más importante del país  y vía a San José, estaba llena de camiones que iban y venían sin parar y nos pasaban rozando! No había espacio para bicicletas y luego de algunos minutos tensión y después que uno de los camiones me moviera la bici con la fuerza del viento que provoca al pasar tan cerca, decidimos parar y agradecer la vida je.

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La idea era tomar un bus pero como al cabo de una hora no paraba ninguno, comenzamos hacer dedo (“ride” como le dicen en Costa Rica). Al poco tiempo para uno de esos grandes camiones que circulaban con 15 toneladas de piedras para una obra cercana. Pusimos las bicis en la carrocería y nosotros a la cabina. Fuimos conversando con Adrián, camionero desde los 13 años, de padre camionero y que nos confesó que “el camión es lo mío”.   Nos dejó cerca de una terminal de buses, en Guápiles, dónde tuvimos que andar unos 15 minutos en bici para llegar y así tomar un bus a San José de Costa Rica.

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Ese último tramo tampoco está apto para las bicicletas, atraviesa la Cordillera Volcánica Central, zona de varios kilómetros de subidas empinadas, curvas peligrosas, muchas veces cubierta de neblina, desmoronamientos y para completar pesado tránsito de camiones. Luego hablando con locales, nos dijeron que fue una buena decisión ya que ese tramo de la ruta 32 es la más peligrosa del país, dónde ocurren accidentes frecuentemente.

 

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