En 1950 me encontraba haciendo trabajo de campo entre los tiv de Nigeria Central. Una tarde, un tiv regresó de bañarse en el rio local(..). Metió la cabeza en mi cabaña para decirme que ya había vuelto. Le pregunté qué había pasado.

Me contestó: “No mucho. Se ha ahogado un hombre”

Inmediatamente salté ¿Qué? ¿¿Ahogado??

¿Conoces el lugar del río donde el fondo cae de golpe? Bueno, era extranjero. Perdió pie, y no sabía nadar.

¿Nadie le salvó? ¿No intentaste tú salvarlo? (Yo sabía que era un gran nadador)

La respuesta fue demoledora: “No era mío”

Entendí perfectamente lo que quería decir. Los tiv se toman molestias para prestar algún servicio a sus parientes, pero no cualquiera. Me encontré odiándole a él y a sus valores porque me habían enseñado a pensar que una vida humana es una vida humana, sin importar de quien sea. Pensé -y sigo pensando- que no le hubiese costado demasiado rescatar a aquel extraño.

Una semana más tarde, cuando estaba hablando con el mismo ayudante sobre las familia tiv, mencioné que no veía a mi madre desde hacía casi cinco años.

Me miró horrorizado: ¿Quieres decir que no vas a tu casa a ayudar a tu madre?”

Intenté decirle que nos escribíamos, que nos manteníamos en contacto, que ella no necesitaba mi ayuda. Mis explicaciones no sirvieron de nada, estaba tan ultrajado por mis valores como yo por los suyos. Después de considerarlo una y otra vez durante años, todavía creo que los míos son mejores. Sin duda él sigue creyendo que los mejores son los suyos.

“Para raros, nosotros”

 

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