Se conocieron de pequeños en alguna parte de la selva amazónica.

Allí crecieron juntos, caminaron ríos, volaron caminos, miraron atardeceres, despertaron amaneceres, siempre pegaditos. A la hora en que el sol se recostaba sereno en el horizonte e iba desprendiendo de las cosas esa última luz, cálida y contemplativa, como si fueran los encargados de cerrar el día, pasaban ellos por el mismo lugar. La gente de la zona, aguardaba ese momento y salía a su encuentro, ya que eran un regocijo para la vista, una alegría para el alma, sus andanzas en vibrante calma.

Un día, sin consultarlos, los llevaron lejos, y los instalaron en un bosque, en Costa Rica.

Dicen los que los conocieron, que parecían uno solo o una sola. A ningún lado iba uno sin el otro. Y así siguieron un tiempo, hasta que un día, vaya uno a saber por qué, si por su edad avanzada o por saudade de su cielo,  el corazón de él paró de palpitar  y la dejó sola.

Cuentan que ella, andaba con la mirada perdida,  como buscándolo por los caminos que acostumbraban desandar. Como temieron que le pasara lo mismo, le trajeron otro compañero de allá de su selva.

Pero no hubo caso, no le dio ni la hora, y Estefanía siguió volando sola, posando callada para los turistas que llegan al parque de los puentes colgantes,  añorando aquellos tiempos de vuelos en par y tierra acompañada.

Y así será hasta sus últimas aleteadas. La “arara azul” como la llaman en Brasil o “lapa” en Costa Rica, luego que elige un compañero, le es fiel toda su vida, sin necesidad de prometer en la iglesia.

_DSC4455 copia ok

_DSC4448 copia

La Fortuna, Costa Rica, setiembre 2014.

Facebook Comments