El reloj marcaba las 12 del mediodía en la Habana y el mercurio del termómetro miraba de cerca los 40 grados; era uno de los días más calurosos de los últimos 100 años decía el diario Granma.

Andaba buscando un poco de sombra y algo de aire en los alrededores de la Plaza de Armas, mientras un niño  corría al rayo del sol sin percatarse de tan achicharradora presencia.

Junto a él, corrían, jugaban, giraban unas especies de nubecitas de diferentes tamaños. Eran los frutos de la ceiba, árbol reverenciado por los afrodescendientes cubanos, que recurren a los mismos para pedidos de amores propios y desgracias ajenas. En cambio para los mayas, este imponente coloso es su árbol sagrado, cuyas raíces caminan la tierra y afirman el suelo, mientras su cabeza sostiene el cielo.

Su nombre viene de los taínos (habitantes precolombinos de las Bahamas y Antillas) y deriva de una palabra que significa “bote”, ya que el tronco de la ceiba era vaciado para dar a luz unas canoas llamadas “cayucos” con que estas gentes recorrían la mar.

Este gigante, que puede llegar a medir hasta 70  metros, lanza al aire miles de bolitas de un algodón sedoso, que luego de liberadas de sus vainas, deambulan los aires en busca donde nacerse y crecerse, cargando al centro semillitas negras, donde esperan dormidas las ceibas del mañana.

El niño las miraba y trataba de alcanzarlas, daba vueltas, pegaba saltos, corría en una dirección y se frenaba, se tiraba al piso y las pequeñas nubes blanquecinas lo esquivaban, parecía que también con él jugaban, lo miraban, lo mimaban y cuando este parecía desalentarse, se le entregaban. Otras veces, cuando el viento se ausentaba para ir a remolinar hojas secas en algún callejón perdido (como se sabe, no puede estar en dos lugares diferentes a la vez), estos seres alados quedaban suspendidos en el aire y en el tiempo, colgados de hilos invisible, indecisos del rumbo a seguir, como a la espera de alguna suave brisa que les revelara el destino.

Algunos minutos quedé mirando la escena que parecía sucederse en una realidad paralela, resguardada en un mundo íntimo, aislada de las hordas de turistas que vagaban alrededor, e invisible a las manadas de cámaras fotográficas entretenidas en edificios y monumentos.

Cada tesoro obtenido era inmediatamente dejado en custodia en el cofre fort de su bolsillito de tela, ubicado en la bóveda de su pantalón cortito. Y así siguió, una, dos, mil veces, hasta que Mariana no pudo contener más a su curiosidad que golpeaba enérgica las paredes de su interior. Se acercó al niño y le preguntó:

– ¿Qué estás haciendo?

Este, pausó efímeramente su trabajo y sin despegar la vista de sus próximas adquisiciones, y desoyendo las advertencias de una anciana, que le decía que en la semilla se escondía un bichito peligroso que le iba picar la mano, le contestó:

– Es para hacer una almohada. – Y continuó con su proyecto.

ceiba y niño

La Habana, abril, 2015

Facebook Comments