Luego de algunas horas de caminata, bajábamos cansados el volcán Telica. Entre piedras y pozos, por el lado derecho, en silencio, un barranco de unos dos metros de altura iba delimitando y custodiando la angosta senda. Era de tierra seca y su polvorienta vidriera exponía desnudas raíces y piedras de todo tipo y tamaños, algunas de origen volcánico hijas de erupciones pasadas.

De repente,  advierto de reojo algo que no entiendo. Me detengo y me acerco. ¡Un coyol (un tipo de palmera de tronco grueso y con miles de espinas fuertes y rectas de hasta 15 cm) estaba a varios centímetros despegado del barranco, en el aire! ¡No podía ser!

Tenía una solitaria y fina raíz que tímidamente se introducía en la tierra. Pero el hecho de permanecer en  pie, era gracias a dos laureles que lo cercaban a cada lado como guardaespaldas, cuyas raíces gruesas  pasaban justo por debajo de él y lo sujetaban. Seguramente desoyeron el consejo de otros árboles prudentes y realistas que les decían que las espinas del coyol los iban a herir.

Los viejos laureles tuvieron que haber echado sus raíces al aire, buscándose, en un abrazo profético, años antes que el joven coyol naciera. Pero por el momento, la ciencia no le conoce poderes adivinatorios al laurel.

El coyol se protege con espinas, el laurel se alimenta de esperanzas. No se preocupa por lo que lo pueda lastimar, le importa más el dar. ¿Tendrá algo para enseñar?

Laurus Nobilis es su nombre científico y viene del latín.  Nobilis significa “noble”, “notable”.

Telica, Nicaragua, noviembre 2014.

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