En la carretera, mientras viajábamos en Nicaragua nos encontramos con un señor español, mayor de 60 años que estaba viajando en bici por Centroamérica. Cuando le preguntamos cómo era la gente en Nicaragua, nos dice que eran muy ignorante, y no muy amables, que sentían envidia que no podían hacer lo que hacía, es decir viajar por otros países. Y esto último es verdad, en Nicaragua gran parte de la población es campesina y son muy pocos los que pueden darse el lujo de viajar, a lo sumo lo hacen a Costa Rica pero para trabajar. Nos despedimos pero sus palabras quedaron en nosotros.

Un mes después, cuando nos encontrábamos en las montañas del municipio de León, paramos en la ruta en medio de una gran subida para recuperar fuerzas antes de seguir. Ya estaba por hacerse la noche y pensábamos pedalear una hora más hasta un poblado cercano. Al lado había un anciano, alto, negro, tranquilo. Nos saludamos y cuando supo que no teníamos adonde dormir nos ofreció generosamente su casa, diciéndonos que no era segura esa ruta para andar de noche y agrego “Quien escucha consejo de un viejo, muere de viejo”.

Luis Rojas, tiene 72 años de cédula, casi 80 de nacimiento.

Aca nos enzeña con alegría, la prueba de cuando hace algunos años viajó a Venezuela, a operarse gratis de la vista junto a cientos de compatriotas.

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Hombre de muchos oficios y dichos. Vive con su familia en una humilde casa, con patio de tierra, gallinas y una quinta repleta de plantaciones. Se acuesta luego que cae el sol, pero se levanta antes que este, a las 2 am comienza su día respirando noche, luego le agradece a Dios un nuevo amanecer. “Quien despierta temprano, mantiene la salud” dice. Esa costumbre la tiene de su gente de hace más de dos siglos, ya que más adentro en las montañas de dónde vino, oscurecía antes y había que arrancar bien tempranito con las tareas.

Comienza barriendo la entrada de la casa, y sus alrededores,  cuando termina la tierra se queda inmóvil, domesticada. “Piso barrido, casa bendecida”, señala.

Yerit, tiene 21 años, es uno de los hijos de don Luis. Enseguida que llegamos a la casa nos hace un recorrido por sus saberes. Como trabaja en la mina, nos enseña el proceso de extracción del oro. Resumidamente, primero se muelen las rocas, luego por algunas horas se las introduce en un gran mortero con agua y  mercurio que sirve para separar el oro de los otros minerales, quedando una pelotita plateada que luego es refogada, haciendo que se evaporé el mercurio y dando a luz a un huevito amarillo.

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Después pasamos a la quinta dónde nos mostró algunos de sus cultivos, como maíz, ajonjolí (sésamo), sorgo, pipián (especie de calabaza que puede llegar hasta un metro de largo), guanábana, jocote y muchos más que no recuerdo. En cada caso nos contó cómo se plantan, cosechan y los usos que tienen.

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Por la noche nos muestra orgulloso una foto en la que se encuentra con su madre cuando se recibió de bachiller, para lo cual tuvo que trabajar en la mina 8 horas por día para sacarse unos “realitos” que le permitiesen pagar el pasaje, sacar algunas fotocopias y comprar algún juguito cada vez que iba a clase.

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También sabe pescar y es bueno para le leña dice. Con su machete siempre está listo para desmalezar algún campo, pero no es de cualquier manera nos cuenta, el aprendió de su padre hacer dos cortes con el mismo viaje del brazo. En la ida hay que cortar de abajo hacia arriba, y en la vuelta se gira la muñeca y se poda horizontal.

Pero lo que le gustaría es aprender a manejar maquinaria pesada, aunque por ahora esos cursos no llegan a estos lugares dice. Me hace recordar una frase de Pierre Bourdieu cuando habla de “la ley universal de la adecuación de las esperanzas a las posibilidades,  de las aspiraciones a las oportunidades”.

Yo con mis estudios universitarios, era un completo ignorante a su lado. Yerit con sus 21 años era el sabio y  gracias a su sincero dar, me fui un poco menos desconocedor.

Pensando  en el encuentro con el ciclista, recuerdo sus palabras. Pienso que el simple hecho de viajar no te “abre la cabeza” como se dice. Se puede viajar mucho y mantenerse en un supuesto lugar “superior” reforzando los propios prejuicios, sin conocer ni reconocer otros saberes ni otras racionalidades diferentes.

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